Las vísceras de la ciudad han sido corroídas por la enfermedad,
el aliento de muerte que se posa en las
esquinas huele a bazuco rancio,
las personas al mirarse a las caras
ahuyentan la vista a otro lugar
para no ser atrapadas por lo desfigurado
de los rostros.
Hiede a esmog y a carnes de animales puestos al carbón.
Apesta a entre pierna de prostituta y a
su sangre menstrual.
El cielo es gris, pero el bochorno que nos envuelve nos hace
un mismo amasijo de huesos en descomposición,
esperando mientras somos merendados por las moscas
en el banquete de nuestra partida.
Aquí, las aves rapaces son las reinas, y
todo allegado, la carroña.
El silencio estentóreo frente a los cementerios se entremezcla
con vallenatos de esquina maluca y el chirriar de las máquinas de
un taller para motos robadas. Sale humo de los bajos de los puentes
y hay una sociedad de ratas allí, que
chillan en prosa por su pan escondido
y al ganarlo se lo huelen por las ñatas.
-Ciudad pecado, ciudad del miedo-
En los alrededores, vigila el más osado, o el perro más bien amaestrado,
o el cerdo más ciego, desde allá arriba baja la putrefacción de la pobreza
hecha mísera basura, basura que alegra a los más arrastrados de aquí abajo.
Lo que suceda puerta adentro, es un misterio, en las noches
uno puede escuchar gritos, y si uno
escudriña con el oído en
el silencio sollozos de dolor.
-Ciudad del miedo, ciudad silencio-
Juan MiL