Esclavo
de la moneda humeante apartado del ser,
el cáncer en tubitos, veneno
dosificado,
el dueño indisoluble de la putrefacción de los tejidos,
recubiertos
de hollín.
Negro
el sentimiento mortuorio, muestra de él,
de la vecina arrabalera del cuerpo
asfixiado,
de los dedos amarillentos y los dientes,
de la halitosis buscada, de
la negación de besos;
por el destechado momento, por analizarse,
la bucólica apatía
hacia el vivir,
el abuelo sintetizado y comercial,
el taquito nicotinado y
asesino,
inconsciente de ambiente y nauseabundo de ropas;
un ahorro a tiempo
para quitar un tiempo futuro.
El
consuelo ala desesperación, pensarse de nuevo,
verse desde afuera.
Calcinante,
apuñala mis entrañas pero llena y consuela se era o se es,
parte orgánica, como
los trenes a vapor, que cada tanto exhala y pita,
como la luciérnaga que
brilla.
Como
yo que me descreo y me obnubilo en tres minutos por el respirar atosigado de la
picadura del tabaco en un papel.
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